Foto: UNAM / AFP
Foto: UNAM / AFP
Con el paso del tiempo y el calentamiento global, las zonas grises en las montañas se han ido develando. México ya perdió 20 de sus glaciares y los tres restantes luchan por sobrevivir.
Por: Carlos Vargas
Ángel Caballero clava las puntas de sus crampones, unos aditamentos en sus botas, en el escaso hielo que
le queda al Iztaccíhuatl, la tercera montaña más alta de México. Cuenta que alguna vez fue innecesario
hacer descensos en la llamada Panza de la Mujer Dormida, pues la cantidad de nieve permitía a los
alpinistas cruzar las laderas de la montaña. Donde hoy se entierra su piolet, hubo hasta hace unas décadas
12 glaciares vivos, y, actualmente, hay solo dos, de los tres últimos que quedan en el país.
Con varios años como guía de alta montaña, Caballero ha cruzado decenas de veces las masas de hielo en
México, al mismo tiempo que las ha visto desaparecer junto al aumento de las temperaturas. La Comisión
Nacional del Agua (Conagua) documenta que la temperatura promedio de México subió dos grados en los
últimos 35 años.
Caballero está seguro de que la extinción de los glaciares mexicanos provocará un daño a los ciclos
hídricos y afectará a millones de personas. Los expertos respaldan su teoría, pues estiman que, debido al
calentamiento global acelerado, en los próximos años, no quedará ni un glaciar en el territorio nacional.
Primero desaparecerán las masas de hielo que se resguardan entre los altos valles del Iztaccíhuatl;
después, concluirá el deshielo del Gran Norte en el Pico de Orizaba. Cuando eso ocurra, México se
convertirá en el segundo país que ve morir sus glaciares en la era moderna, solo detrás de Venezuela,
donde las autoridades los declararon oficialmente extintos en 2024.
Foto: Jorge Cisneros
Las consecuencias se verán en los ecosistemas de dos de los parques nacionales más emblemáticos que
México conserva: el Izta-Popo y Orizaba, donde sobreviven los tres últimos glaciares. Cambiarán los flujos
de los ríos y se dañarán los hábitats de ranas, serpientes, conejos, murciélagos, venados, coyotes,
ratones, aves y demás especies, que correrán el riesgo de desaparecer también.
La afectación del ciclo hídrico provocará escasez de agua, dicen los expertos. Se alterarán actividades
humanas, como la agricultura y la ganadería, pues parte del agua de la que se alimentan los mantos
acuíferos, los ríos y las lagunas baja directamente de las masas de hielo que hoy agonizan.
‘‘Aquí existió el glaciar Ayoloco y retrocedió hasta desaparecer en el 2018”, dice un pedazo de metal
incrustado en la roca volcánica del Iztaccíhuatl. “En las próximas décadas, los demás glaciares mexicanos
también desaparecerán. Esta placa es para dejar constancia de que sabíamos lo que estaba sucediendo y lo
que era necesario hacer. Solo ustedes sabrán si lo hicimos’’.
Expertos de la UNAM fueron los encargados de colocarla años atrás. En ese momento, aunque con poca
esperanza, creyeron que aún había tiempo para frenar la extinción. Sin embargo, siete años después,
señalan que la desaparición de los últimos tres glaciares mexicanos no se puede frenar. No se hizo lo
necesario.
Tres montañas albergaban los 23 glaciares mexicanos. Hoy en día, sobreviven uno en el Pico de Orizaba y dos en el Iztaccíhuatl.
El Gran Norte, que cubre parte del cono volcánico del Pico de Orizaba, y los glaciares de la Panza y del
Pecho del Iztaccíhuatl, anidados entre paredes volcánicas a más de 5,000 metros sobre el nivel del mar,
son los últimos sobrevivientes. El doctor Hugo Delgado Granados, vulcanólogo de la UNAM, dice que les
podrían quedar menos de cinco años de vida.
En 1958, investigadores realizaron la primera documentación fotográfica de las masas de hielo en las
montañas mexicanas. Sus descubrimientos fueron plasmados en monografías respaldadas por el Instituto de
Geofísica de la UNAM. El experto José L. Lorenzo dirigió los esfuerzos. En ese momento se estableció que
había 23 glaciares vivos, es decir, en poco más de seis décadas, se extinguieron 20. El último de ellos
fue el Ayoloco, cuyas piedras secas son ahora utilizadas por alpinistas para alcanzar la cumbre del
Iztaccíhuatl.
En Los glaciares de México, de J. L. Lorenzo, se documentó en aquel 1958 que la Mujer Dormida
albergaba 12
glaciares, los cuales cubrían la zona de Téyotl, la Cabeza, la Panza, el Pecho y los Pies. El volcán
Popocatépetl tenía tres, y el Pico de Orizaba, en la frontera entre Puebla y Veracruz, ocho. En el caso
del Popocatépetl, con el paso de las décadas, sus tres masas de hielo se unieron en una sola, que se
extinguió entre finales del año 2000 y principios de 2001, tras la erupción del volcán.
IZTA-POPO. De los 15 glaciares que existían en este parque en 1958, quedan solo dos en el Iztaccíhuatl, los del Popocatépetl están extintos. Foto: Jorge Cisneros
El equipo de Lorenzo halló durante su indagatoria que el Cofre de Perote, en Veracruz; la Malinche, en Tlaxcala; la Sierra Negra, vecina del Pico de Orizaba; Tláloc, en el Estado de México, los nevados de Toluca y Colima, y el Ajusco, el punto más alto de la Ciudad de México, mostraban ‘‘huellas claras de haber estado sometidos a fenómenos glaciares en épocas recientes’’. Hoy es muy raro ver cubiertas de nieve esas formaciones volcánicas.
Los estudiosos del tema utilizan el concepto ‘‘línea de equilibrio’’ para explicar el punto de
separación
entre el hielo que forma parte de un glaciar y la masa que cae –en las nevadas– pero desaparece con el
paso de las horas. Es decir, la línea de equilibrio en un glaciar es la altitud que separa dos zonas: la
de acumulación, donde la nieve que cae alimenta el glaciar, y la zona de ablación, donde el hielo se
deshace por procesos como la evaporación o la sublimación. En otras palabras, arriba de la línea de
equilibrio, el glaciar gana masa, pero, por debajo, la pierde.
La línea de equilibrio se modifica con los aumentos de temperatura. En México, actualmente, se encuentra
entre los 5,200 y los 5,300 metros sobre el nivel del mar. Los glaciares del Iztaccíhuatl están en esa
franja, por lo que, señala Delgado Granados, ya no deberían existir.
‘‘En el caso de los glaciares del Iztaccíhuatl, hace mucho que la línea de equilibrio quedó por encima
de la cumbre. Entonces, sobreviven esas pequeñas masas de hielo porque están anidadas en cráteres del
volcán. Esos cráteres le dan un poco de protección, permiten que en la parte interna del cráter se
aíslen y conserven todavía temperaturas bajas. Eso quiere decir que aún van a tardar otro poquito en
desaparecer, pero estimamos que, posiblemente, no duren más de cinco años’’, explica.
Que lugares como el Ajusco tuvieran alguna vez glaciares revela que la línea de equilibrio estuvo
ubicada en México abajo de los 4,000 metros de altura sobre el nivel del mar. Grandes nevadas en esos
sitios llegan a ocurrir en los tiempos modernos de forma escasa. Una, dos, tres veces al año se les
podría ver con cumbres blancas, sin embargo, ese hielo se deshace en pocos días, incluso en horas.
Sin datos exactos, la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas (Conanp) destaca que el Parque
Nacional Izta-Popo alimenta, en gran medida, el Sistema Cutzamala, el cual se utiliza para distribuir el
agua a millones de personas en el centro del país. En los últimos años, dicho sistema se ha visto rebasado
por las sequías y la demanda de agua. La alteración en el Izta-Popo contribuirá, en su momento, a la
escasez.
Pamela, quien trabaja en un comedor familiar en el mirador de Nexcoalango, en las faldas del Iztaccíhuatl,
dice que, si bien el cambio climático es causante del deshielo, también les falta cultura a los visitantes
de los parques nacionales para contribuir a su conservación. ‘‘No sabemos cuidarla. Ve a dar un recorrido
a Paso de Cortés y te encuentras basura; ve a La Joya y encuentras basura. En otros países hay temporadas
en que cierran las áreas para conservar. Y aquí no se puede porque ya se volvió más negocio’’, comenta.
CUIDADOS. Los pobladores de las faldas del Izta llaman a los visitantes a contribuir a la preservación de los glaciares que quedan. Foto: Jorge Cisneros
La misma Conanp destaca que el agua que baja del Pico de Orizaba es utilizada por millones de personas en
comunidades de Puebla y Veracruz. La autoridad señala que la falta de coordinación entre los tres órdenes
de gobierno evita que en la región haya programas que ayuden a la reforestación y al desarrollo en el
parque nacional. Hasta hace no mucho, autoridades de Puebla y Veracruz se peleaban la paternidad de la
montaña más alta de México, sin embargo, ninguno de los dos estados hace nada para frenar el deshielo.
A nivel federal, se llevan a cabo esfuerzos como el monitoreo de las montañas, la lucha contra los
taladores que dañan los bosques que rodean los glaciares y la regulación de la entrada a los parques
nacionales.
La altura del Pico de Orizaba, 5,636 metros, permitirá que su glaciar dure un poco más. Pero los expertos
señalan que no mucho más que los del Iztaccíhuatl. La línea de equilibrio seguirá subiendo. A finales de
2024, año en el que en México se rompieron récords en temperatura, el glaciar Gran Norte dejó ver el color
gris de la piedra que forma la montaña.
La tendencia es mundial. De acuerdo con un estudio publicado en Nature Climate Change, si los seres
humanos siguen generando contaminación, a mediados de siglo, el número de glaciares que desaparecerán
alcanzará un máximo de hasta 4,000 al año. Eso equivale a perder todos los glaciares de los Alpes europeos
en solo un año.
Cuando los glaciares desaparecen, se daña el llamado ‘‘efecto albedo’’, con el cual las superficies de los
glaciares reflejan gran parte de la energía solar hacia la atmósfera. Si ese efecto no ocurre, las rocas
de la montaña absorben más calor, aumenta entonces la temperatura y se daña la biodiversidad de las
regiones.
El guía Ángel Caballero relata que, con el paso de los años, ascender las montañas de 5,000 metros en
México se ha vuelto más técnico y riesgoso. El deshielo provoca desprendimientos de las paredes de roca,
derrumbes y la formación de grietas. Antes se podía caminar en línea recta desde las Rodillas hasta la
cumbre de Iztaccíhuatl. Ahora, ya no. Los alpinistas deben bajar y subir por las curvas de la Mujer
Dormida. Han aparecido hasta lagunas que no estaban en los mapas.
Respecto al Pico de Orizaba, Caballero señala que el glaciar se ha ido adelgazando y que la plancha de
hielo retrocede cada año. ‘‘Esa degradación de los glaciares afecta los bosques y la humedad de la región,
los pinos cada vez crecen a mayor altura, el bosque se va a empezar a comer la zona de la montaña”,
advierte.
CAMBIO CLIMÁTICO. El aumento en la temperatura, récord en 2024, ha contribuido al deshielo y desaparición de 20 glaciares. Foto: Cristopher Rogel Blanquet / Getty Images
Él mantiene la esperanza de que las masas de hielo en el territorio nacional estarán aún durante dos o tres
décadas. Pero señala que ya se pasó por el punto de no retorno. ‘‘En ciclos futuros del planeta podría
recuperarse el hielo. Probablemente, se recuperen los glaciares en su totalidad, pero estamos hablando de
que no nos tocaría ver ese cambio”, dice.
El vulcanólogo Hugo Delgado Granados respalda la segunda parte. Según él, solo una nueva era glaciar haría
que los glaciares mexicanos no desaparecieran.
DISEÑO EDITORIAL Alina Torres DISEÑO Y PROGRAMACIÓN WEB Paula Carrillo ANIMACIÓN Nayeli Araujo EDICIÓN DE FOTOGRAFÍA Diego Alvarez Esquivel COORDINACIÓN DE FOTOGRAFÍA Betina García