Look total, propiedad del cantante.

El cantante mexicano conversa con Life and Style sobre su carrera, su nuevo álbum, su relación con la fama, la madurez, Huamantla y Madrid, antes de su presentación el próximo 9 de mayo en la Plaza de Toros de la Ciudad de México.

Texto: Daniel González
Fotografía: David Suárez
Moda: Ruth Buendía



Acomodado sobre la barrera de la Plaza de Toros de la Ciudad de México, un día después de que Bad Bunny firmara uno de los entretiempos más irreverentes de la historia del Super Bowl, Carlos Rivera (Huamantla, 1986), se relaja ante la cámara y el grupo de gente que lo rodea. El cantante, que posa con su segundo look de la mañana, ha llegado a la sesión fotográfica apenas una hora antes, acompañado de un coqueto entourage y dispuesto a cumplir con esa cara B, a veces tan poco agradecida por los protagonistas –no en esta ocasión– , que acompaña al estrellato. El próximo 9 de mayo, Rivera, que acaba de lanzar su álbum Vida México, pisará por primera vez en su carrera la arena del llamado “embudo de Insurgentes” (50,000 espectadores en conciertos), quizá la más famosa de Latinoamérica. “Mi papá trabajó con los toros de lidia muchos años. Conozco de fondo las razones, el proceso, la parte artística que conlleva, la música… Pero un día llevé a mi papá a Las Ventas, y allá no suena música. Ese día me retiré de esto. Es algo que está destinado a desaparecer”, dice Rivera. Para él, ese proceso de deconstrucción personal encontrará su propia cuadratura del círculo el próximo mayo, cuando la vida, su Vida Tour, la gira con la recorrerá México y parte de España llegue a La México en forma de canciones. “No hay un arco más perfecto que venir a la Plaza de Toros de la Ciudad de México con un tour que se llama Vida”, aventura.

Look total, LOUIS VUITTON.

Con 40 años recién cumplidos, 21 de ellos encima de un escenario, Rivera mira al precipicio del reconocimiento con la confianza que le ofrece la organicidad con la que ha construido su carrera. Para él, el reconocimiento público, según confiesa, nunca ha sido un combustible que impulsara su obsesión artística, más bien lo contrario. Toda una declaración de intenciones, pues, en una posmodernidad en la que los quince minutos de fama aventurados a finales de los sesenta por Andy Warhol hace ya tiempo que se han transmutado en una suerte de eternidad.

Contra el ruido, ese chiaroscuro barroco que parece querer difuminarlo todo, la lucha es, sin embargo, mucho más compleja. Y desigual, quizá. Ganador en 2004 de La Academia, uno de los productos estrella de la época en TV Azteca, en muy pocos años Rivera se enfrentó a la fama masiva, primero, y a un (muy dulce) exilio después. Antes de todo eso, claro, ya cantaba donde podía, le dejaban o le invitaban. “Empecé muy chico en esto, pero muy rápido me di cuenta de lo que no me gustaba del medio artístico. Yo no quiero ser una celebridad, quiero ser un artista. El peso, para mí, siempre tiene que estar en el lado artístico, en la música, en los conciertos, en las actuaciones en teatro o en televisión… Un día entendí que si lograba separar el artista de la persona iba a lograr ese equilibrio perfecto”, señala.

Traje, ZEGNA; abrigo, ALLSAINTS.


Y para alcanzar ese balance, antes hubo que superar obstáculos. Hoy, a Rivera no le cuesta reconocer que sabe lo que quiere y lo que no quiere, que está más “asentado”, que la experiencia, las vivencias y las dificultades que se ha ido encontrando en el camino le han dado esa seguridad de la que somos testigos cuando posa ante la cámara, cuando se relaciona con su equipo, cuando indaga en la ropa que le ofrece la estilista, cuando se presta a los consejos del maquillista, incluso cuando responde a las preguntas que completan este perfil. “Todos perseguimos la felicidad, y yo lo hago todo el tiempo. Me he dado cuenta de que la felicidad está en la tranquilidad. Con esa premisa hago mi vida”, sostiene.

Pero en 2011 tuvo que abandonar México para buscar suerte en España. Un casting de El Rey León, musical que entonces se iba a estrenar en Madrid, llamó a su puerta. Y Rivera no dudó. Y su vida volvió a cambiar. “Mi mayor orgullo es que gané ese papel por mí mismo, no por vender discos o por ser famoso en México, donde ya tenía una trayectoria”, defiende el cantante, quien tras una prueba express fue elegido para interpretar a Simba, personaje que representó seis días a la semana durante cinco años, “a veces con sesiones dobles”. “Fue un trabajo que me transformó como artista. Mis tablas son las del teatro”, reconoce sobre un espectáculo, El Rey León, que suma más de siete millones de espectadores desde su estreno en 2011 y que lo convirtió en una personalidad habitual de los medios de comunicación españoles.

Look total, propiedad del cantante.

Aquella experiencia, la responsabilidad de subirse cada tarde al escenario del Teatro Lope de Vega de Madrid para para participar en un show que era un absoluto fenómeno de masas en España, acabó por convertirse en uno de los principales ingredientes que catalizaron El hubiera no existe (Sony, 2013), su tercer álbum de estudio y el primero de lo que podríamos describir como una nueva carrera. Porque si antes hubo altibajos y parones, a partir de ese instante Rivera, aquel joven que un día decidió abandonar su adorada Huamantla (Tlaxcala) para cumplir sus sueños, ya nunca dejó de crecer. Ni en México, ni tampoco en España, donde ha pisado escenarios como el Teatro Real de Madrid, el Palau de la Música de Barcelona o La Maestranza de Sevilla, otra plaza de toros legendaria, y donde este verano ya tiene garantizadas, además de las mexicanas, 12 fechas en ciudades como La Coruña, Bilbao, Pamplona, Valencia, Marbella o Barcelona, entre otras.

Look total, LOUIS VUITTON.

Ese nuevo posicionamiento, además, le permitió abrirse a otras perspectivas, latentes en ese momento, pero en cualquier caso fieles compañeras de vida. La escritura, que Rivera practica desde los 8 años “por necesidad artística, como un desahogo”, comenzó entonces a brotar en forma de creación autobiográfica. Incluso participó en camps de composición junto a otros creadores y artistas, lugares de intercambios de ideas, de encuentros necesarios en la permanente búsqueda de una voz propia. Toda su vida, desvela, está en sus letras, que el público comenzó a disfrutar a partir de ese tercer álbum gracias a Franco de Vita, “un maestro” para Rivera, el primero que creyó en su capacidad compositora. Porque fue gracias al empuje del venezolano como muchas de aquellas canciones que Rivera creía que “no iba a entender nadie”, acabaron formando parte de un disco que transformó al cantante mexicano “en un artista con verdad”, como él mismo define.

Desde entonces, su presencia creativa ha sido constante en todos sus trabajos posteriores, a veces trabajando mano a mano con otros escritores o compositores, a veces en soledad, pero “siempre guiando el proceso creativo”. Así ocurrió con Vida México, su octavo trabajo como solista, un homenaje al Día de Muertos en el que Rivera cuenta con las colaboraciones de artistas como Alejandro Fernández, Pepe Aguilar, Marisela, Ana Bárbara y Natalia Lafourcade. “Yo ya tenía muchas de las canciones y me di cuenta de que, de forma orgánica, sin quererlo, muchas de ellas hablaban de alguna manera de la muerte. No era una casualidad. Mi papá falleció hace tres años y medio y, obviamente, eso pegó en mí y en mi creatividad. La muerte es algo que no podemos evitar, pero México tiene esta manera tan bonita de transformar el dolor en una celebración de la vida, de ahí el título”, relata Rivera. “Es una manera de honrar a los que no están y de celebrar a aquellos que siguen con nosotros”, agrega el intérprete, quien en 2017 ya se había acercado al Día de Muertos como intérprete de "Recuérdame", uno de los temas más aclamados de la película Coco.


Look total, FÁBRICA DE PUNTO; lentes, propiedad del cantante.


Mientras tanto, Rivera “se deja llevar”, uno de los mottos de su vida. Se dejó llevar cuando abandonó su pueblo revelándose contra su destino, cuando se presentó al casting de La Academia, cuando descolgó aquel teléfono que le ofrecía una nueva oportunidad de vida al otro lado del Atlántico, cuando le presentó a Franco de Vita aquellas letras que durante años había guardado en un cajón y cuando en una cena se decidió a cantar una ranchera acompañado por una guitarra flamenca y un cajón ante la Familia Real española. “Pongo metas en mi vida, pero ya no les pongo fecha de caducidad”.

Y, de repente, el espíritu de Bad Bunny, omnipresente ese lunes de febrero en la Ciudad de México y el resto de Latinoamérica, volvió a sobrevolar la habitación. ¿Hasta qué punto un artista debe posicionarse políticamente sobre el contexto en el que se desenvuelve?, preguntamos. "Todo está bien, pero también creo que si alguien no quiere posicionarse, también hay que respetarle. Cada persona tiene el derecho y la libertad de decidir lo que quiera. Y como artista es lo mismo. Quizá mi posición, por lo que levanto la voz, está en defender el amor, que es el mayor posicionamiento de mis canciones. Y también que nadie te diga que no puedes".

Chaleco, FÁBRICA DE PUNTO.



Un especial agradecimiento a la Plaza de Toros México por todas las facilidades otorgadas para la realización de esta sesión de fotos.