Por: Rosalía Lara
hristian Moreno tenía poco más de 20 años cuando tomó una decisión que definiría el rumbo de su carrera. Estudiaba Ingeniería en Biotecnología en el Instituto Politécnico Nacional cuando un proyecto universitario sobre control biológico de plagas le abrió la posibilidad de llevar la ciencia fuera del laboratorio y convertirla en negocio.
“Un compañero que iba unos semestres arriba que yo traía un proyecto sobre unas avispas que se utilizaban para controlar plagas en campos agrícolas. Me interesó mucho y decidimos llevarlo a la realidad”, explica.
La idea parecía prometedora, pero pronto se encontraron con un mercado que ya conocía esas soluciones. Moreno decidió seguir explorando la biotecnología aplicada a la agricultura y buscar otra forma de convertir esa inquietud en empresa y echó mano de los microorganismos, como hongos y bacterias.
“Para arrancar el negocio necesitaba capital, conseguí un préstamo con mi padre y empezamos”, dice. Entre los estudios y la compañía, fue un año al que le fue muy mal al proyecto, por lo que su socio lo abandonó para terminar su ingeniería. Moreno optó por lo contrario. “Dejé la carrera y me metí de lleno a lo que ahorita es Sibia. Traía la presión del préstamo de mi papá. Fue de: ‘Me voy a mover y voy a ver cómo le voy a hacer’”, cuenta.
Después de un comienzo tropezado, la empresa comenzó a tomar forma y rumbo, y para el cuarto año ya era rentable. La clave para lograrlo fue la personalización de sus soluciones, pues el mercado ya contaba con compañías de biotecnología ambiental con productos para el sector agrícola basadas en microorganismos. El modelo de Sibia consiste en analizar las condiciones del suelo, el tipo de cultivo, el clima en el que se encuentra e identificar su microbiología. Con esa información, se diseña una solución específica para cada caso.
A partir de ese diagnóstico, la empresa trabaja con microorganismos presentes en el propio ecosistema. Moreno pone como ejemplo que si fuera una farmacéutica, no estaría vendiendo la misma pastilla para todos los cultivos, sino que se hace una pastilla especial para cada cultivo en específico.
“Tenemos un cepario muy grande de cepas endémicas de México, no metes ningún factor extra”, asegura. El objetivo es equilibrar la microbiología del suelo para mejorar su funcionamiento natural.
Actualmente, la empresa trabaja en ocho estados del país y su mercado está compuesto por productores agrícolas de gran escala, con superficies de cultivo de 10 hectáreas en adelante, a quienes ha accedido por recomendación de boca a boca. Entre sus clientes se encuentran empresas como Agrizar, Mr. Lucky o Taylor Farms.
Aunque la agricultura sigue siendo el núcleo del negocio (alrededor del 90% de su operación), la compañía comenzó a explorar otras aplicaciones de la biotecnología. Entre ellas se encuentran proyectos relacionados con el tratamiento de agua mediante microorganismos, incluyendo soluciones para limpiar aquella contaminada con hidrocarburos. Hoy en día, trabaja con el Sistema de Agua Potable y Alcantarillado de León y con la Comisión Estatal de Aguas de Querétaro. Y está en proceso de desarrollo de una tecnología para el sector de la construcción basada en enzimas que estabilizan el suelo.
Pese a la diversificación y más de 10 años después de aquel proyecto universitario, la premisa que impulsó a Moreno desde el inicio sigue siendo la misma: observar los procesos de la naturaleza, tomar lo mejor de ellos y convertirlos en herramientas para resolver problemas productivos y ambientales.