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Íñigo Rumayor

Fundador y CEO de Monato





Por: Octavio Torres

Í

ñigo Rumayor creció en Saltillo, Coahuila, donde entre la pisca y la vendimia de manzanas aprendió pronto a vender. Pero su camino estaba lejos del campo. Años después, estudió en Filadelfia, hizo una pasantía en Morgan Stanley y conoció desde dentro el funcionamiento de Wall Street.

A los 30 años cerró la operación que marcaría su trayectoria: la venta de Arcus, la empresa que cofundó, la primera adquisición de Mastercard en América Latina. Lo que comenzó como una idea para que migrantes en Estados Unidos pagaran servicios en sus países de origen, terminó convirtiéndose en infraestructura clave para conectar, en tiempo real, a empresas y fintech con el sistema financiero.

Arcus nació como Regalii, con la promesa de facilitar remesas y pagos –luz, teléfono y otros servicios– desde el extranjero. En sus primeras versiones, la plataforma operaba vía SMS e, incluso, utilizó esquemas similares a tarjetas de regalo. Pero la ejecución tenía fricciones, los mensajes no siempre llegaban y los puntos de venta eran limitados. “Sonaba simple, pero tenía más retos de los que esperábamos”, recuerda.

El punto de inflexión llegó cuando fueron aceptados en Y Combinator, y se convirtieron en los primeros latinoamericanos en participar en el programa. A partir de ahí, el enfoque cambió, dejaron de ser un intermediario de pagos para convertirse en una capa de infraestructura que conecta distintos rieles del sistema financiero, desde SPEI hasta cuentas bancarias y redes de pago.

“Cuando no conoces, piensas que todo está resuelto en la industria financiera. Ya dentro te das cuenta de que no es así y de que hay mucho por hacer”, dice. Entender los costos operativos, como el manejo de efectivo en remesas, le permitió dimensionar por qué el sistema funciona como funciona.

¿Vendió demasiado pronto? Quizá. Pero, para Rumayor, el cierre de Arcus no fue un final, sino el inicio de una nueva etapa. Tras la operación, se tomó un tiempo para viajar por Europa, Asia y América Latina. También participó en un retiro de silencio jesuita.

Reconoce que emprendió “por suerte” y por “el sueño de un viaje”. Pero aclara que acertar una vez no significa que sea fácil repetirlo. Tras Arcus consideró no volver a emprender en fintech. Pero cambió de opinión cuando entendió que su experiencia, su edad y su capital le daban una ventaja difícil de desaprovechar.

Así nació Monato, una fintech que busca convertir cualquier empresa en una “miniinstitución financiera”, al permitirle cobrar, pagar, financiar y mover dinero desde su propio producto. A pesar del riesgo, Rumayor tiene razones para apostar. Y no a la suerte, sino a las capacidades que se construyen con cada intento. “No conozco a nadie que trabaje duro todos los días y le vaya mal”, dice, y enfatiza que cuando alguien ha superado un nuevo nivel tiene casi la obligación de “seguir apostando”.

En su equipo, esa misma lógica se traduce en incentivos como sueldos competitivos, herramientas adecuadas y un entorno donde el talento pueda desarrollarse. “Alguien tiene que creer primero; sobre eso, construyes algo nuevo”, explica sobre su estilo de liderazgo.

En 10 años, si Monato funciona como espera, Rumayor imagina que los pagos estarán completamente digitalizados y cualquier persona podrá iniciar un negocio con acceso a financiamiento competitivo. Para él, no hay crédito accesible sin digitalización previa. “A los emprendedores en México no les falta inteligencia”, dice. El problema son las tasas de interés y la dificultad de mantenerse en la formalidad. Reducir esas barreras, sostiene, detonaría un círculo virtuoso con más negocios, más inversión y más recaudación.

Cuando no conoces, piensas que todo está resuelto en la industria financiera. Ya dentro, te das cuenta de que no es así y de que hay mucho por hacer”.