Viajar sin seguir un mapa, cambiar los planes sobre la marcha y detenerse a mirar. Para Diego Alfaro, salir de la ciudad es también una manera de recuperar algo que la rutina nos quita poco a poco: la capacidad de asombro.

Texto: Isabel Leal
Fotografía: Luis Calderón
Moda: Julio Jiménez


A Diego Alfaro probablemente lo has visto, o escuchado, en más de un lugar. Conductor, actor y creador de contenido, comenzó su carrera frente a las cámaras como VJ de MTV cuando todavía estudiaba Derecho y, desde entonces, ha construido una trayectoria que lo ha llevado por televisión, streaming, redes sociales y pódcasts. Ha pasado por proyectos de E! Entertainment, Discovery Home & Health y Prime Video, donde fue host del programa The Ultimate Mixologist, además de explorar conversaciones mucho más personales en Bruto, pódcast en el que habla sobre las distintas formas de entender la masculinidad. Pero quizá lo más interesante de Alfaro es que nunca parece haberse quedado demasiado cómodo en un solo lugar. Su carrera ha cambiado de formato tantas veces como sus intereses: entretenimiento, moda, gastronomía, cultura y conversaciones que parten, casi siempre, de la curiosidad. Y esa misma inquietud parece acompañarlo cuando viaja. Lejos de las cámaras y del concreto hay otra versión de Alfaro que trasciende lo que vemos en pantalla.

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Hay algo que este creador de contenido busca cuando sale de la ciudad y que difícilmente puede encontrar en medio de la rutina: silencio. No necesita que el viaje empiece con un boleto de avión, una reservación en un lugar remoto o una actividad que lleve la palabra aventura en la descripción. A veces basta con alejarse del ruido, guardar el celular y dejar que el tiempo vuelva a sentirse como tiempo. “El simple silencio de estar fuera creo que es lo más chingón”, dice a Life and Style. Vivir en una ciudad significa acostumbrarse al ritmo, a las redes sociales y a esa hustle culture que parece exigir estar haciendo algo todo el tiempo. Salir representa lo contrario. “Es la misma desconexión cuando uno encuentra la conexión con uno mismo. Es como un buen reseteo. Eso es lo que busco”, continúa.
En su caso, llegar a ese punto no siempre es sencillo.

Cuando el trabajo no sucede dentro de horarios establecidos, tampoco existe necesariamente ese momento marcado en el calendario que dice que llegaron las vacaciones. Hay que decidir parar y, algunas veces, incluso convencerse de que hacerlo está permitido. “Hay veces que tienes que forzarte la vacación y a veces hasta sientes que no te la mereces”, reconoce. El verdadero reto, entonces, puede empezar mucho antes de tomar una carretera: está en identificar cuándo es momento de desconectarse.Quizá por eso su manera de viajar tiene menos que ver con escapar de un lugar y más con cambiar de ritmo. Alfaro disfruta la aventura, sí, pero no necesita poner su vida en riesgo para sentir que está viviendo una. Estar lejos de lo cotidiano puede ser suficiente. Aunque, claro, algunas de sus historias dirán lo contrario.

En uno de sus viajes más recientes, Alfaro fue con un amigo a Baja California Sur para certificarse en buceo. Cabo Pulmo era parte del plan. Nadar con orcas, no. Se enteraron de que estaban cerca y apareció esa idea que suele cambiar el rumbo de un viaje: ya estamos aquí. “Resultó que por ahí cerquita estaban las ballenas, las orcas. Entonces, pues vamos a ir a nadar con ellas, ¿no?”, recuerda. Hoy la experiencia es mucho más conocida, pero cuando él lo hizo todavía conservaba cierto aire de secreto. “Era como: no mames que nos vamos a meter con orcas”.

No ha sido su único encuentro con los grandes habitantes del océano. También nadó, dentro de una jaula, con tiburones blancos en Isla Guadalupe. “Ya puedo contar en mi vida que he estado con dos de los mayores depredadores del océano”, asegura. Pero cuando habla de aventura no son necesariamente el peligro o la adrenalina los que terminan ocupando el centro de la conversación. Incluso cuando recuerda el surf, donde reconoce que siempre existe cierto riesgo, lo que destaca es algo mucho más simple: no llevar el teléfono. Ahí parece estar una de las claves para entender cómo viaja. Su filosofía podría resumirse en ese “ya estás aquí” que lo llevó a meterse al agua con orcas. Si el viaje ya comenzó, hay que vivirlo. Aprovechar lo que aparece enfrente, incluso cuando no estaba contemplado en el itinerario.

Para Alfaro, además, la aventura no empieza cuando llega al destino. Si tiene que elegir entre el camino y el lugar al que conduce, no duda demasiado: se queda con el camino. Lo aprendió, en parte, durante la universidad. Los viajes en carretera con sus amigos eran una oportunidad para ponerse al día. Uno se había ido a vivir a Estados Unidos, otro estudiaba en una ciudad diferente y las horas dentro del coche se convertían en el verdadero reencuentro, incluso antes de llegar.

Desde entonces, disfruta manejar sin tanta prisa. Recuerda especialmente las carreteras de Oaxaca, los trayectos que obligan a bajar la velocidad, detenerse y mirar alrededor. El punto de llegada importa, pero no tiene por qué comerse todo lo que sucede antes. Y esa misma idea se extiende a sus planes. Diego puede tener una ruta, pero no quiere que esté cerrada por completo. “Creo que siempre tienes que estar abierto a cambiar los planes de un momento a otro”, señala.

Reservar demasiado, explica, puede quitarle cierta intriga al viaje. Por eso también disfruta viajar solo. No hay que negociar cada movimiento ni seguir el ritmo de alguien más. Si algo le interesa, puede quedarse; si conoce a alguien en un restaurante y la conversación se alarga, no hay un itinerario que cumplir.

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Aunque su trabajo también lo ha llevado a viajar en algunas ocasiones, la mayoría de las historias que cuenta nacieron por iniciativa propia. Son viajes que Alfaro ha planeado por gusto, algunas veces con amigos y otras completamente solo. Quizá por eso habla de ellos con tanta libertad: no hay una agenda a la cual apegarse.

De hecho, la relación de Alfaro con los viajes en solitario empezó casi por accidente. Su primera gran experiencia de este tipo fue en Europa y, en realidad, no estaba planeada así. Un amigo con el que viajaría tuvo un problema de salud y canceló en el último momento. Alfaro tuvo que decidir entre abandonar el plan o continuar por su cuenta. Continuó. Ámsterdam, Italia y el sur de Francia se convirtieron en el escenario de una experiencia que hasta ese momento no sabía que quería tener. “Yo jamás creí que me pudiera aventar un viaje solo y de ahí me enamoré de viajar solo. Es como no depender de nadie más para poder conocer algo”, dice.

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Años después, Japón llevó esa sensación mucho más lejos. Pasó cerca de 20 días recorriendo el país solo, enfrentándose a la distancia, pero también a una cultura, un idioma y un horario completamente distintos. Cuando las personas con las que normalmente hablarías están al otro lado del mundo y el teléfono deja de funcionar como una extensión permanente de la vida cotidiana, queda mucho más espacio para estar contigo mismo. Japón aparece varias veces durante la conversación como uno de los viajes que lo han marcado, y al mismo tiempo como el lugar donde una serie de decisiones terminó llevándolo a una de las experiencias que recuerda con mayor emoción. Su plan era visitar Naoshima, una de las llamadas islas del arte. Teshima, otra de ellas, no estaba contemplada. Un amigo insistió en que fuera, pero comenzó a llover y Alfaro estuvo a punto de descartarlo. Finalmente, cambió de opinión y tomó un ferry. Entonces perdió el camión que debía llevarlo al museo.

Lo que siguió estuvo lejos del trayecto ideal: caminar bajo la lluvia, cargando la maleta y empapándose, antes de continuar después hacia Osaka. Podría haber sido simplemente uno de esos días incómodos que se recuerdan por todo lo que salió mal, pero al final del camino estaba el Teshima Art Museum. Y ahí cambió todo. “Fue una experiencia tan bella… La estructura, la arquitectura del lugar, la paz que hay”, recuerda. Dentro del museo prácticamente no hay que hacer nada. El agua emerge lentamente del piso, forma pequeñas gotas, se mueve y termina reuniéndose en charcos. Los visitantes reciben pantuflas y recorren el espacio en silencio.

Alfaro se quedó cerca de dos horas. Lo que encontró ahí no dependía de una gran obra frente a él, sino de algo que había visto miles de veces sin detenerse realmente a observar: el agua. “Empiezas a admirar algo de la vida que es tan común pero que nunca te pones a considerar”, cuenta. Durante la entrevista señala incluso las gotas que están sobre un cristal cercano. Están ahí todos los días. Casi nunca las miramos.

La decisión de último minuto había valido completamente la pena. Puede que otra persona entre al mismo museo y no encuentre nada especial. Él mismo lo reconoce, y justamente ahí está lo que se llevó de Teshima, aprender a detenerse frente a lo aparentemente insignificante. “Es el tener la paciencia de admirar la belleza de lo cotidiano, de lo que nos rodea. Empiezas a darle otra capacidad de asombro. Creo que hemos perdido mucho”. Tal vez esa historia explique mejor su manera de viajar que nadar con orcas o encontrarse frente a un tiburón blanco. La aventura puede tener adrenalina, pero también puede consistir en caminar empapado hacia un museo que ni siquiera pensabas visitar y terminar mirando agua durante dos horas.

Cuando Alfaro está lejos de la ciudad aparece una versión suya que reconoce de inmediato. “Aparece un Diego muy intenso”, dice entre risas. Se levanta temprano, se duerme tarde y quiere aprovechar el día. Pero, paradójicamente, también aparece alguien menos estricto consigo mismo. “Un Diego que no se juzga tanto, que no es tan estricto con su dieta. Un Diego que va a disfrutar. Ese es el Diego cuando salgo”.

Viajar significa también concederse ciertas libertades. No castigarse, no limitarse y permitir que el día tome una dirección distinta a la esperada. En esa manera de moverse por el mundo hay una influencia que Alfaro menciona casi como un maestro: Anthony Bourdain. De él retoma una idea sencilla, la de intentar ser viajero antes q

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La diferencia se vuelve especialmente clara cuando habla de Tokio. Diego prefiere caminar por un barrio y descubrir un pequeño restaurante de sushi a perseguir el lugar que se volvió viral en redes sociales. No quiere viajar con la obligación de reproducir las mismas fotografías que ya vio cientos de veces en redes. “Prefiero literal ver qué es lo que se me antoja, ver qué hay en la esquina, ver qué puede suceder, más allá de tener que cumplir el checklist de los tourist traps de redes sociales que tienes que ir para tomar la foto”. No se trata de viajar sin planes en absoluto. Se trata de dejar suficiente espacio entre ellos para que algo pueda pasar. Porque muchas de las historias que Alfaro recuerda no comenzaron con una reservación. Empezaron cuando decidió subirse a un ferry a pesar de la lluvia, cuando siguió adelante con un viaje aunque su acompañante ya no pudiera ir, cuando alguien le dijo que había orcas cerca o cuando una conversación en un restaurante resultó más interesante que lo que seguía en el itinerario. Hay una constante en todas ellas: la disposición a quedarse un poco más, cambiar de dirección o simplemente mirar.

En una época en la que viajar también puede convertirse en una carrera por acumular lugares, fotografías y recomendaciones, Alfaro parece buscar otra cosa. No quiere volver con la lista completa. Quiere volver con una historia. A veces esa historia sucede dentro del coche, mientras se pone al día con amigos. Otras, bajo el agua. Puede aparecer caminando solo por una ciudad en la que no conoce a nadie o sentado en completo silencio frente a unas gotas que se juntan lentamente sobre el piso.
Al final, quizá viajar sea precisamente eso para él: darse permiso de salir del ritmo habitual el tiempo suficiente para volver a prestar atención. A lo que está fuera, pero también a uno mismo y si en el camino surge algo que no estaba planeado, mejor. Ya estás aquí.

A sus 60 años, Ford Bronco se ve mejor que nunca. Es imposible ignorar que Diego Alfaro no estuvo solo en esta portada. Ford Bronco tiene su propia historia que contar. En 2026, la icónica todoterreno celebra 60 años de aventura, después de que la marca la presentara por primera vez en 1965. Seis décadas después, Ford Bronco ha evolucionado sin perder aquello que la hizo reconocible desde el inicio: su espíritu salvaje, capacidad off-road y la posibilidad de adaptarse a la aventura de cada conductor.