Zuria Vega, Osvaldo Benavides y Raúl Briones hablan sobre El Círculo, la amistad que sostiene su historia y las zonas grises que aparecen cuando entran en juego el poder, los secretos y la corrupción.


Texto: Isabel Leal
Fotografía: Alonso Díaz
Moda: Kike Hernández
Peinado y maquillaje: Gustavo Rodríguez
Diseño y programación: Pamela Jarquin Rojas


Hay amistades en las que ciertas cosas simplemente no necesitan explicarse. Años de conocerse crean códigos, silencios y una confianza que, en teoría, no tendría por qué ponerse a prueba. Pero también pueden aparecer secretos capaces de cambiar las reglas y hacer que una pregunta aparentemente sencilla –¿Hasta dónde llegarías por tus amigos?– deje de tener una respuesta tan clara. Esa es una de las ideas que atraviesa El Círculo, la serie inspirada en Los Corruptores, novela de Jorge Zepeda Patterson, en la que Zuria Vega, Osvaldo Benavides, Raúl Briones y Michel Brown interpretan a cuatro amigos de la infancia que terminan involucrados en una historia de poder, secretos y corrupción. Aunque buena parte de la trama ocurre cerca de espacios políticos y de poder, la corrupción no siempre se presenta a gran escala. A veces está en algo mucho más cotidiano: una mentira, una infidelidad, una decisión que parece justificable en el momento o aquello que alguien prefiere callar para proteger a otra persona.

Raúl Briones, quien interpreta a Mario, encontró ahí una de las claves de la historia. Su personaje habita inicialmente un mundo más familiar, alejado de los espacios donde se toman las grandes decisiones, pero eso no significa que esté fuera de sus consecuencias. “Una decisión cuestionable, por quién la hacen y en el contexto en el que la hacen, puede tener muchas lecturas”, explica. Para él, esa mirada evita que la historia caiga fácilmente en una división entre buenos y malos: la corrupción atraviesa la política y los negocios, pero también las relaciones personales y la familia.

Zuria Vega encontró algo parecido al volver a Los Corruptores, novela que ya había leído antes de participar en la serie. Más que sentir la historia como algo distante, encontró situaciones que podían trasladarse fácilmente al terreno de las relaciones humanas. “Realmente es una historia de vínculos, de relaciones humanas y no solo en las esferas del poder, sino en el día a día y en la vida: hasta dónde somos capaces de llegar por conseguir lo que queremos o por protegernos”, explica.

Y es justamente en ese intento por protegerse –o proteger a alguien más– donde las cosas comienzan a complicarse. Porque si la amistad es uno de los puntos de partida de El Círculo, también es uno de los espacios donde aparecen sus zonas grises. Lo que para alguien significa ser leal puede ser muy distinto para otra persona y, cuando entran en juego secretos cada vez más difíciles de guardar, esa diferencia deja de ser menor.



Osvaldo Benavides llegó a esa ambigüedad desde otro lugar. Para él, construir un personaje implica abandonar, al menos durante el proceso, la necesidad de decidir si lo que hace está bien o mal. “Cuando le entra uno a un personaje, lo desmenuzas y te adentras de tal forma que dejas de juzgar, sea cual sea el personaje. Cuando tú entiendes, dejas de juzgar”.

Su personaje toma decisiones que él mismo describe como “muy cuestionables”. Sin embargo, mientras lo interpretaba necesitaba comprenderlas desde dentro, hasta encontrar la lógica que podía convertirlas, para ese personaje y en ese momento, en la opción correcta. Eso tampoco significó llegar al set con todas las respuestas. Benavides explica que con los años ha dejado de intentar controlar por completo el resultado de su trabajo: prefiere que una escena pueda cambiar al hacerla, improvisar cuando existe espacio para ello y descubrir aspectos del personaje que no necesariamente estaban claros cuando leyó el guión.

Algo similar ocurrió con Vega. Aunque cada actor podía llegar con una idea definida de su personaje, buena parte de las relaciones terminaron de tomar forma cuando comenzaron a compartir escena. “La manera en la que mi personaje se relaciona con el personaje de Osvaldo particularmente brotó ahí en las primeras escenas que tuvimos”, recuerda. Lo mismo ocurrió con Tomás, interpretado por Michel Brown, y Mario, el personaje de Briones. “Puedes llegar con mucho trabajo hecho, pero el trabajo se termina de construir ahí”.

En el caso de Briones, esas diferencias terminaron siendo esenciales para entender a Mario. Frente a cada amigo aparecía una versión ligeramente distinta de él: compite con Jaime, se compadece de Tomás y encuentra complicidad con Amelia. Poco a poco, esos encuentros revelaron que detrás de su aparente estabilidad también había ambiciones que habían quedado pendientes y decisiones que ya no podían explicarse únicamente por la influencia de los demás.

Mario da clases en la misma escuela en la que estudió y ha seguido un camino mucho más estable que el de sus amigos. Pero conforme se acerca al mundo que ellos habían intentado mantener lejos de él, empieza también a cuestionar cuánto de esa vida eligió realmente. Para Briones, ahí estuvo uno de los cambios importantes del personaje: dejar de entenderlo como una víctima de lo que hacen los demás. “Él empieza a tomar sus propias decisiones y cometer sus propios errores”.

Zuria Vega, look total de Amiri; Osvaldo Benavides y Raúl Briones, look total de Ferragamo.

Antes de que los secretos y las decisiones cuestionables pudieran funcionar, había algo mucho más básico que resolver: convencer al espectador de que esas cuatro personas realmente habían sido amigas durante años. “Creo que luego cuesta mucho trabajo retratar la amistad. Creo que es una de las cosas más difíciles de lograr en la actuación”, dice Briones.

Parte de ese trabajo comenzó incluso antes de que los cuatro protagonistas adultos aparecieran en pantalla. La historia muestra distintas etapas de sus vidas y, para Briones, el trabajo de los actores que interpretan sus versiones más jóvenes ayudó a establecer una cercanía que ellos después podían retomar. Entre el elenco adulto tampoco todos partían del mismo lugar: algunos ya se conocían o habían trabajado juntos y otros apenas comenzaron a construir esa relación con la serie.

Benavides ya había trabajado con Vega años atrás y conocía a Brown desde hacía tiempo. A Briones, en cambio, no lo conocía personalmente, aunque sí seguía su trabajo. Según recuerda, la dinámica entre los cuatro apareció rápidamente desde el primer llamado juntos. “Entre el colmillo actoral de todos y la edad que tenemos como para jugar y divertirnos, se crea esta metaficción entre nosotros como actores que después vamos a utilizar para los personajes”, explica.

Look total, Ferragamo.

Look total, Ferragamo.

Briones, por su parte, había coincidido años atrás con Brown, pero no había trabajado con Vega ni con Benavides. Con el tiempo encontró que las diferencias reales entre ellos incluso ayudaban a construir al grupo. Cada uno llegaba con una energía distinta y eso terminó encontrando un lugar dentro de la ficción.

Vega recuerda además que pasaron mucho tiempo juntos durante una filmación particularmente nocturna. Pero quizá lo más interesante fue que la convivencia no produjo una amistad idéntica entre todos, sino vínculos distintos dentro del mismo grupo. “Lo que Raúl y Osvaldo comparten no lo compartimos yo y Michel; lo que yo comparto con Osvaldo, no lo comparte el resto”, explica. Esa individualidad terminó siendo útil para una historia en la que cada relación necesita tener sus propios códigos.

Vega recuerda además que pasaron mucho tiempo juntos durante una filmación particularmente nocturna. Pero quizá lo más interesante fue que la convivencia no produjo una amistad idéntica entre todos, sino vínculos distintos dentro del mismo grupo. “Lo que Raúl y Osvaldo comparten no lo compartimos yo y Michel; lo que yo comparto con Osvaldo, no lo comparte el resto”, explica. Esa individualidad terminó siendo útil para una historia en la que cada relación necesita tener sus propios códigos.

Hablar de amistad inevitablemente llevó al elenco a hablar de lealtad, y ahí tampoco apareció una sola definición. Vega recuerda haber conversado con Benavides sobre lo que sus personajes estaban haciendo y si algunas de esas decisiones realmente podían considerarse propias de una amistad. Todos pueden compartir una idea general de lo que significan la moral, la ética o la lealtad, explica, pero llevar esos conceptos a una situación concreta abre muchas más posibilidades.

Briones lo plantea desde una línea todavía más incómoda. Conforme avanza la historia, permanecer unidos comienza a exigirles a los personajes algo más que guardar un secreto. “Ahí es donde se siente esa delgada línea entre la lealtad y la complicidad”, dice. La diferencia está en el momento en que defender a alguien obliga también a guardar silencio sobre los propios valores.

Para el actor, la historia va cerrando poco a poco ese espacio: aquello que inicialmente parece ocurrir fuera de la vida de los protagonistas termina revelándose mucho más cerca de ellos. La corrupción deja entonces de funcionar solamente como el gran tema que rodea a los personajes y comienza a aparecer también en las pequeñas concesiones que van haciendo mientras intentan proteger al grupo.

Alejandro Lozano, “Patas”, dirigió y participó en la escritura de la serie, algo que los actores coinciden en que modificó la dinámica del rodaje. Lejos de convertir el guión en algo intocable, Benavides recuerda un proceso abierto en el que, antes de filmar, podían sentarse, leer las escenas, hacer propuestas y encontrar otras posibilidades. Tener al frente a alguien con una visión general de la historia hacía además que muchas preguntas pudieran resolverse directamente.

Vega coincide. Para ella, contar en el set con personas involucradas de cerca en la escritura permitía solucionar dudas sin pasar por una larga cadena antes de tomar una decisión. También recuerda a Lozano como alguien que aprovechaba prácticamente hasta el último minuto disponible para intentar algo más, hacer otra toma o encontrar una nueva manera de cubrir la escena.

Briones encontró en esa dirección una manera muy específica de construir a Mario. Conforme el personaje se adentra en un mundo cada vez más oscuro de política, mentiras y crimen, había que evitar que perdiera cierta inocencia que lo hacía reconocible. La fórmula terminó siendo bastante sencilla: hacerlo capaz de moverse dentro de ese nuevo mundo sin quitarle del todo su torpeza. Las notas podían llegar incluso como una petición de agregar “otros cinco pesitos de torpeza”.

Zuria Vega, look total de Gucci, Osvaldo Benavides y Raúl Briones, look total de Ferragamo.


Ese equilibrio también ayudaba a conservar algo importante en Mario: sus decisiones podían volverse cuestionables, pero detrás seguía existiendo una persona debatiéndose con ellas. Quizá por eso ninguno de los tres actores habla de sus personajes desde una certeza absoluta. Vega reconoce que en las relaciones siempre quedan preguntas sin responder; Benavides necesitó comprender decisiones con las que desde fuera sería fácil estar en desacuerdo, y Briones encontró en Mario a alguien capaz de equivocarse después de haber considerado más de una posibilidad.

Al final, El Círculo pone la corrupción en lugares reconocibles, incluso cuando la historia se mueve entre espacios de poder que pueden sentirse lejanos. Está en lo que se calla, en aquello que se justifica por alguien cercano y en la facilidad con la que una excepción puede abrir espacio para la siguiente. Y entre todo eso permanece la amistad, que aquí no necesariamente funciona como refugio: a veces también es la razón por la que resulta mucho más difícil decidir dónde poner el límite.