Foto: Anylú Hinojosa-Peña
na Hernández estaba a punto de cumplir 20 años y llevaba una doble vida. Por un lado, buscaba aceptarse, conocerse, desarrollarse y relacionarse con personas que la entendieran tal y como era. Por el otro, quería mantener una apariencia “de acuerdo con el canon de una mujer” que tanto la sociedad como su familia normalizaban.
La situación le provocó tal desgaste que tuvo un accidente. Fue su punto de inflexión. “Desde ese momento puse un alto a tratar de encajar según los estándares conservadores de la sociedad y que mi familia me había impuesto. Comencé a poner límites, a hacer cambios, a ser yo misma y a identificarme por lo que soy y como soy”, explica.
Su decisión le permitió tener un crecimiento más acelerado, asegura, porque dejó de gastar tiempo en sentimientos de culpa y en tratar de vivir una doble vida. No escuchó a las personas que al inicio de su carrera le decían que, en algún momento, tendría que cambiar para que la tomaran en serio. “Aunque me lo dijeron con buenas intenciones, es reflejo de una sociedad donde todavía existen prejuicios que limitan el potencial de las empresas y las personas”, señala. Y esos prejuicios son cada vez más caros para las empresas, porque les hacen perder talento.
Hernández es también sensible a las necesidades de su equipo, lo que la llevó a realizar una reingeniería de la distribución de la carga de trabajo y de los procesos, con una optimización agresiva de las operaciones. Generó un ahorro en tiempos de alrededor del 40%. “Instauré un ambiente de trabajo basado en la mejora continua, pero sin dejar de lado los intereses y necesidades del equipo generando un ganar-ganar”.